El ocaso de un festival de cine Una lágrima por Festiver

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A los reconocidos actores Toto Vega y Nórida Rodríguez cada año les repiten que están locos. Él como Director y ella como Productora General, llevan seis años haciendo el Festival de Cine Verde, Festiver, en Barichara.

Fuente tomada de: Hispano Post

fundado hace siete años y mantenido con las uñas, el entusiasmo y la entrega extenuantes de Nórida Rodríguez y Toto Vega, un matrimonio de actores famosos que decidió ponerle la vida a la desagradecida tarea de ayudar a salvar el planeta en el que todos vamos a bordo, bebiendo las mismas aguas y respirando los mismos aires cada vez más descompuestos por nosotros mismos.

Comenzaron en 2010 y desde entonces han proyectado más de 400 películas y concretado un centenar de actividades sobre formación cinematográfica en talleres, foros, conferencias y clases magistrales a cargo de directores, productores, catedráticos y expertos en cine y medio ambiente llegados de distintas partes del mundo.

Por motivos puramente estéticos y de orgullo regionalista de Nórida y Toto, Festiver se celebra anualmente en Barichara, municipio de la provincia de Guanentá, del departamento histórico de Santander. Muchas veces ha sido catalogado como el pueblo más bello de Colombia, conserva intacta su arquitectura española del Siglo XVIII y hace parte del patrimonio cultural del país.

Festiver (ver www.festiver.org) ha promovido la reforestación de la región donde se celebra y concretado la idea de mercados verdes con productos alimenticios naturales. Incluye exposiciones de arte y ciencia y lleva sus proyectores de cine a los campos para que en el llamado “Campecine” las mejores producciones puedan verlas los agricultores de las zonas más apartadas y humildes, en donde cualquier potrero se convierte en sala de cine a cielo abierto y cualquier cosechador de papas con su familia en espectadores.

Durante la corta existencia de Festiver, Nórida y Toto han gestionado la entrega de premios por más de USD$ 250.000, representados en dinero efectivo y en servicios de postproducción y alquiler de equipos. “Gracias al premio de postproducción al que daremos continuidad este año, Festiver ha hecho posible la finalización de los largometrajes El Abuelo y De a Caballo”, me contó Nórida.

Para el festival de este año, que debe tener lugar entre el 20 y el 24 de septiembre, la convocatoria se acaba de cerrar con 207 películas propuestas.

La crítica nacional e internacional ha situado a este festival entre los más importantes de su género en Colombia y América Latina y hace parte de la Red Internacional de Festivales de Cine Ambiental.

En 2014 tuve el honor de ser invitado a presentar en Festiver mi documental El Río que se Robaron (ver tráiler aquí), lo que me permitió darlo a conocer entre tantos expertos y países que obtuve luego el primer puesto en el Premio Franco Andino.

Pero Festiver, cuya existencia es un gran llamado a la vida del planeta, está absurdamente amenazado de muerte. El 80 por ciento del modesto presupuesto público que la gobernación del departamento de Santander aporta cada año por mandato de una ordenanza de la Asamblea, fue cercenado de tal manera que quitó de tajo 80 por ciento del dinero que el evento necesita para funcionar a duras penas. En esas condiciones, las fuerzas y la entrega personales de Nórida y Toto no alcanzan ellas solas para mantener vivo este certamen –el sueño de sus vidas– que ha ido adquiriendo enorme prestigio y reconocimiento.

Durante los días en que tiene lugar, todas las entradas son gratuitas en los abarrotados recintos de Barichara donde se exhiben las producciones seleccionadas, lo que incluye plazas e iglesias.

Quienes hemos adquirido el compromiso personal de contribuir a la protección consciente del medio ambiente y sabemos de la existencia de Festiver, emprendimos la tarea dispersa de reclamar que se mantengan los aportes públicos necesarios para su supervivencia.

Me resulta deprimente y dolorosa la idea de que Festiver pueda morir por falta de unos pocos pesos que demanda su funcionamiento, mientras que un solo chanchullo en Colombia, cometido impunemente en la construcción de una refinería –Reficar–, nos significó una pérdida de más de US$ 10 mil millones del erario. Es decir, el doble del precio final del nuevo canal interoceánico de Panamá y casi lo mismo que el túnel más largo del mundo, construido en las entrañas de los Alpes suizos.

No es justo.

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